Hace setenta y seis años, el mayor costumbrista cubano de las décadas 40 y 50, Secades, hizo notar que “los ruidos que son innecesarios para unos, resultan necesarios para otros”, y atribuía la avalancha de altos decibeles a la necesidad de vender. “Cuando llega la época de los mangos salen, yo no sé de dónde, centenares de barítonos que con el rostro congestionado por el esfuerzo, a grito limpio caminan grandes distancias aferrados a la carreta. En Cuba cuando llegan los mangos, se acaban las siestas”. Y mucho antes, en 1926, Mañach se refería al “ritmo dislocado de nuestros pregones” en ese libro maravilloso llamado “Estampas de San Cristóbal”. O sea, que desde hace casi cien años padecemos de contaminación acústica. De gritería. De falta de consideración al prójimo…