20 abril, 2016 2 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas Etiquetas: , , ,

Si no queda de otra

Mi cuadra no se ha poblado de ángeles, como dijo Silvio de su casa en una hermosa canción, sino más bien de negocitos. Estamos rodeados. A un lado una cafetería, al otro, uno de esos locales deprint color, donde lo mismo te imprimen una tesis sobre Kant que te escanean la foto del gato en la ventana. Enfrente, una peluquería ; más allá, una muchacha vende ropas; llegando a la esquina, un Piano Bar, y en fin, más que en una cuadra parece que vivo en un comercio. Un shopping center, digamos.

Mi familia (o más bien yo) empezaba a sentir cierta vergüenza, parecíamos los únicos alejados de la modernidad de tener algo que vender, un extra, un rostro más en la muchedumbre mercantil. Yo propuse montar en el jardín un estante donde colocar libros, revistas, guías telefónicas, fotos, periódicos, todo lo antiguo. Quizás atrajéramos la atención de algún turista, de aquel comensal mientras espera que frían las croquetas, de alguna mujer que confía en que el sol le seque las mechas, de ese estudiante que hace cola fuera del “print-lo-que-sea”, pero mi propuesta fue rechazada. No tanto por apego sentimental a documentos antediluvianos, sino porque nadie estuvo dispuesto a desempolvar papeles. En mi casa todos padecemos de asma. A todos nos han explicado la conveniencia de extraer los ácaros de los libreros, ya que esos bichitos, al parecer, producen alergias de todo tipo, pero a nosotros, de solo mirar los ramilletes de polvo, nos empieza a faltar aire. Nuestros perros, seguramente portadores de ácaros, se pasean con felicidad notable entre montañas de libros y de revistas. Monísimos que se ven regando pelos y señales por toda la casa.

Así las cosas, los amigos empezaron a decir que sin dudas éramos los dueños silenciosos de los timbiriches que nos rodean. El colmo. No solo no disponemos de ningún extra, sino que encima nos tildan de mercaderes tras bambalinas. Con amistades de esa naturaleza no necesitamos enemigos.

Pero a lo que vamos: resistimos la tentación de montar nuestro propio negocito durante mucho tiempo, pero al fin hemos caído. La culpa no la tiene el complejo de no-tenemos-nada-que-vender, sino el arrecie de la crisis, en la cual prefiero no adentrarme. Lo cierto es que por una razón u otra, y luego de varias asambleas familiares (con perros polvorientos incluidos), acordamos la preparación de uno de los dormitorios, con vistas a rentarlo. La primera discusión rondó alrededor de quién sería el sacrificado. No duró mucho la duda: el de los perros. Ya bastante tienen con merodear por toda la casa regando ácaros, pelos y deyecciones, para también permitirles disponer de un cuarto.

Una vez hecha la elección, pasamos al punto de la entrada independiente. Más que una salida aislada, el reclamo familiar es que los alquilados no tengan posibilidad nunca jamás de penetrar en la casa en sí. ¡Pobres de aquellos rentados que se contaminen con nuestras alergias! Acto seguido, llegaron los constructores. O sea, los destructores de la armónica arquitectura de una casa cuyo origen data más o menos de principios del siglo pasado. Una escalerita por aquí, un par de ventanas, un pantry, una puerta plegable para el bañito, además de la otra puerta que garantice que nuestros huéspedes no adquieran estornudos vitalicios: la suma del costo llegó a cifras astronómicas. Tuvimos que pedir un préstamo. Más bien, varios. Para lograrlo: nueva asamblea. Cada miembro del clan escribió en un papelito, tipo rifa, uno o dos nombres de amistades a quienes fuera factible pedirles dinero.

Cada propuesta fue analizada minuciosamente. Los primeros de la lista eran, como es lógico, aquellos que habían insinuado que éramos dueños de la cafetería, del fast print, del piano-bar y de la peluquería, sin olvidar la venduta de ropas. Para que vieran que no disponemos de ningún capital de fondo. A modo de resumen, diré que gracias a catorce amigos alcanzamos el dinero para modificar el cuarto que será puesto a disposición de una renta que, según dicen todos, nos dará altos dividendos. Las reformas quedaron estupendas, debo añadir. Tanto, que luego tuvimos que hacer nueva reunión familiar, ya que todos anhelábamos mudarnos al cuarto de los perros. Ellos, pobrecillos, aceptaron el nuevo domicilio. Ahora duermen en mi cama, monísimos ellos.

Los trámites notariales, los de la ONAT, los permisos que se requieren, los pagos por el letrero anunciador, las charlas vecinales para tranquilizar a la gente que se extrañaba de nuestra súbita iniciativa, el maremágnum correspondiente… Todo fue resistido con estoicidad. Ya no somos diferentes al resto de la cuadra, qué alivio.

Desde hace unas semanas tenemos el primer inquilino. Es alemán. No habla español ni nosotros su idioma, pero el lenguaje de las señas, universal, acude en nuestra ayuda. A los perros no les hace gracia el germano. Ni a los abuelos ni a casi nadie, pero cada vez que nos acordamos de la deuda que tenemos, hallamos parecido entre Günter Grass y el huésped. De verdad es una gloria tener en casa al sosías de un Premio Nobel de Literatura. Y en la vida real, seamos francos, no queda de otra.

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Tomado de Cuba a contraluz: http://cubacontraluz.com/2016/04/08/si-no-queda-de-otra/

2 Comentarios

  1. Susana Rodríguez Chou 2 años ago says:

    Ja, ja, ja, me encanta

    Responder
  2. Javier 2 años ago says:

    Bienvenida al club de las sorpresas¡¡¡

    Responder

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