20 mayo, 2016 2 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas Etiquetas: , , ,

Te cuento cómo pasó

Además de envejecer a la par del crecimiento de nuestros hijos, otras muchas cosas suceden con el paso del tiempo. Los padres debemos mostrar la madurez que no alcanzamos, la paciencia que hemos perdido, la sabiduría que nunca tuvimos y, sobre todo, la tolerancia que jamás recibimos. Fuimos criados bajo una rigidez tan grande, nos educaron con tan alto sentido del altruismo y del cumplimiento del deber, que cuando empezamos a tener hijos pactamos con ellos una forma radicalmente opuesta de crianza. Desde que los vimos por primera vez en la pantalla del ultrasonido que nos hizo la genetista del área de salud, les prometimos que la vida iba a ser una fiesta permanente.

Tal vez porque nuestras madres no tuvieron la oportunidad de vernos dentro de ellas, fetoides aún, chupándonos el dedo gordo en medio de un líquido viscoso y sobrenadando en un saco, fueron tan exigentes. Quién sabe. Hay que reconocerles a nuestros progenitores (al menos) que nos hicieron más fuertes que el bronce, listos para cualquier adversidad. Ellos, con sus entregas a causas nobles casi sobrehumanas, y el momento histórico de entonces, contribuyeron a que una generación entera se comportara como un imbatible ejército de ninjas. El resultado es bien interesante: quienes ahora rondamos o pasamos la media rueda, participamos en tal cantidad de campañas, nos entregamos tanto a todo, y pasamos tan largos períodos fuera del hogar, que nos acostumbramos a cosas que ahora a nuestros hijos les resultan no solo exageradas, sino inverosímiles. Cuando pienso que mi hijo mayor se acerca a la edad que yo tenía cuando partí de Cuba para trabajar en otro continente, me estremezco de pies a cabeza, lo confieso. Acuden a mi memoria los bellos momentos que viví, todo lo que aprendí fuera de nuestras fronteras, y también las amarguras, las incomprensiones y las sorprendentes traiciones. Y me prometo que ni él ni mis otros hijos sufrirán lo mismo, aun a costa de perderse la parte linda del sacrificio.

Quienes estuvimos becados nos creemos una especie en extinción, y tal vez lo seamos. Eso de tener doce años y despertarse al amanecer con himnos; marchar con botas rudimentarias, sembrar tomates y pepinos en un campo árido; estudiar y hacer tareas a las diez de la noche, bañarse con una mínima, infecta y congelada agua; y ser feliz al mismo tiempo, hoy resulta imposible de creer. Nuestros padres, también consagrados a lo que había que construir, nos veían de sábado en sábado. Deben haberse sorprendido un día con nuestros pechos, con los bigotes de los varones, con el cambio de nuestras voces y con el repentino envejecimiento que les vino encima. De pronto eran ancianos, y nosotros no estábamos.

Entonces las paredes se agrietaron, los suelos perdieron firmeza, los techos dejaron pasar la lluvia, las luces se apagaron y de nuevo volvimos al cuarto donde había estado nuestra cuna. Allí depositamos uno a uno los bebés que nos iban naciendo, a quienes les hicimos creer que la vida sería una fiesta nombrable a pesar del estropicio reinante. Los acomodamos con algodones, les dimos miel, y les susurramos cachito, cachito mío mientras pasábamos más hambre que un ratón en una ferretería, y más trabajo que forro de catre. Ahora son hombres y mujeres que nos miran con misericordia, incapaces de entendernos. ¡Déjame vivir! reclaman, y nosotros, claro está, no les decimos nada. Y algunos se van, y otros se quedan, pero todos pelean, se quejan. Pobrecitos, pensamos. Son los hijos de la crisis, y nos toca mostrar la madurez que no tenemos, la paciencia que hemos perdido, la sabiduría que nunca tuvimos y, sobre todo, la tolerancia que jamás recibimos.

nina en cuna victoriana

2 Comentarios

  1. Himilce 2 años ago says:

    Estelar ese escrito Doctora Adelaida. Bellisimo y muy real.

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  2. Lourdes 2 años ago says:

    Estremecedor texto. Me ha hecho valorar, reflexionar y entender mucho. También me ha mostrado algunas claves, justo cuando me toca la travesía de la maternidad. Gracias Laidi.

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