10 abril, 2016 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas Etiquetas: , , , ,

Timbirichismo

Devolver la iniciativa al ciudadano común a través del permiso para aventurarse en una gran variedad de negocios lícitos, ha sido una de las aperturas más esperadas y aplaudidas por la población. A pesar de lo que algunos llaman “la ruralización de la Habana”, en el sentido del cambio que sufre la urbanística de la ciudad, y la proliferación de carretilleros con sus respectivos pregones por las avenidas, lo cierto es que se respira un aire de creatividad, de la denominada “lucha” cotidiana, del diario bregar por el mejoramiento de las economías particulares. Al principio, fueron discretos los surgimientos de negocios privados. Salíamos a la calle buscando qué había de nuevo, quién era el dueño de la recién estrenada cafetería de la esquina, de qué manera se transformaba un solar yermo en una fonda, y nos quedábamos asombrados de la rapidez con que se construían simulacros de ranchones, se instalaban estantes para exhibir discos, se plantaban mesas con bisuterías, y florecían, como las brujitas después de la lluvia, timbiriches en cualquier lugar. Según el diccionario, en Cuba se aplica el término “timbiriche” a una cantina de mal aspecto, a un tenducho.

Una vez más, los académicos se quedan atrás. Entre nosotros, no hay nada despectivo en nombrar así el nuevo sitio donde podemos comprar desde la junta de la olla hasta unas agarraderas multicolores, pasando por sandalias de yagua, presilladoras, ceniceros, y la más reciente antología de literatura infantil. “Un cubano con licencia es un tren echando humo” dice el trovador Tony Ávila. Y es cierto. De repente, nos avergüenza vivir en la única casa de la cuadra que no tiene un timbiriche. Vivimos rodeados de olores, de pregones y de las más insólitas combinaciones. Muchos arquitectos y sociólogos llaman la atención sobre el fenómeno, ya no tan nuevo, de la transformación citadina, no siempre bien pensada, en nuestro afán por prosperar. Ya dije que el intento por avanzar produce un buen aire de creatividad, un sano resurgimiento de la iniciativa privada, pero ese mismo aire resulta contaminado, y sería sano regirse por algunas normas elementales. Aunque parezca una exageración, voy a referirme a casos reales, a sitios donde, a la manera de aquellos convoyes que se vendían en las tiendas de los años 70s (recuerdo combinaciones surrealistas de “un destupidor de baño con una caja de talco Brisa y dos hebillas de pelo”, por ejemplo), se rentan varias habitaciones para el ofrecimiento de servicios o ventas de cosas. Todo separado únicamente por delgadas paredes, que dejan pasar aromas y sonidos. Resulta muy extraño estar en un local esperando que nos impriman la tesis de grado (que puede llamarse “Revisitación a Kant”) y que nos lleguen olores a pan recién horneado junto a gritos de “La próxima para mechas, que pase”. También se da el caso de solares, de esos que en Argentina llaman “conventillos”, donde en varias habitaciones colindantes se llevan a cabo reparaciones de equipos, de modo que en el cuarto Uno se está arreglando una batidora, en el Tres un secador de pelo y en el siguiente, una máquina de hacer churros. Cada electrodoméstico emite su sonido característico, y cada dueño sale medio sordo cuando abandona la cuartería. Otro ejemplo de nuestro eclecticismo funcional y mercantilista es el de un portal que alberga a un fotógrafo, a un relojero y a una vendedora de croquetas. Entre tic tac, flashes, y olor a aceite requemado, además de los usuales vendedores de maní, de crucigramas y de fosforeras rellenadas que pasan pregonando sus tesoros, más que un “conventillo” aquello parece un “infiernillo”. La competencia es buena, se sabe. Viene a ser la sustituta de la Emulación, pero como dije, ciertas normas deberían tomarse en cuenta. Porque no parece que se esté pensando en el usuario sino en el suministrador. El hecho de que al lado de una peluquería exista una tarima donde se vende comida, pudiera parecer beneficioso: nos teñimos las canas y de paso, nos llenamos la panza, pero en realidad, lo que sucede es que mientras nos hacen las mechas, de tanto escuchar anuncios de “hígado a la italiana” y de “tamal en cazuela”, con sus respectivos aromas, salimos haciendo arqueadas. Téngase en cuenta que los productos de belleza despiden su olor típico (de acetona, champú, esmalte de uñas y amoníaco de queratina), y los timbiriches de comida también (de grasa, comino, ajo, laurel).

Al final, es tal la mezcolanza de sensaciones que recibimos, que al llegar a casa, no podemos explicar cómo es posible que tengamos las uñas pintadas sujetando la fotocopia del título del niño, y despidamos a la vez olor a fritura de calabaza con motor de ventilador chino. Sí, Tony tiene razón: Últimamente, los cubanos olemos a tren echando humo.

tren echando humo

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