24 marzo, 2016 1 Comentario AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas, Literatura Etiquetas: , , , , ,

Are we ready?

La mezcla entre desarrollo actual y tradicional relajo, entre adelantos y malas conductas: este arroz con mango que comenzamos a vivir nos tiene desconcertados, sin saber cómo actuar, con la cabeza mala. Resulta comprensible que adoptemos medidas funcionales que han dado resultado en otras partes del mundo, pero al hacerlo de forma apresurada, sin la infraestructura elemental, el resultado es inimaginable.

Ya se sabe la molotera de jóvenes que se arma alrededor de los puntos wifosos, como si de repente se le rindiera culto a una deidad que susurra “Venid a mí, venid a mí…bajo el sol, entre la lluvia, con asentaderas y sin ellas, venid a mí”. La primera vez que contemplé escaleras abarrotadas de muchachos, ya fuera en antiguas funerarias, en restoranes chinos, en cafeterías lujosas o cerca de hoteles, no entendí nada. Luego me explicaron y seguí sin entender. He leído varios artículos cuyos autores advierten del peligro anatómico y arquitectónico que implica dichas conglomeraciones. Luego se construirán sitios cómodos donde conectarse, pero en ese momento ya la gente estará escoliótica y el urbanismo de la ciudad deforme.

Aunque bastante mejorado ya, el asunto de cobros de pensiones, pagos de impuestos y de servicios cajero-movilcomo luz, teléfono, etc. a través de cajeros automáticos, también reveló contradicción entre adelanto y falta de soporte, entre “desarrollo” y “atraso”. La gente, con entusiasmo, acudía a esas máquinas robóticas creyéndose que de repente, al usarlas, adelantaban veinte años. Pero cuando no se iba la luz, el cajero se quedaba sin fondos. Se trababan las tarjetas y el personal del banco no sabía qué hacer, alguien no entendía el procedimiento de marcar dígitos y la cola se atascaba. O no había disposición de billetes grandes o de los más pequeños. En fin, se formaba arroz con mango.

Recientemente se ha implantado el moderno sistema de turnos por computadora en los Bancos de ahorro. Ya no haen el bancoy que preguntar quién es el último. Ahora nos dan un papelito con un número. Somos el 45, por ejemplo. “¿Y?” preguntamos. “Ahora usted mira para aquella pantallita, y cuando aparezca el 45, le toca a usted arrimarse a la ventanilla”. Todos los asientos están ocupados, pero el aire acondicionado invita a quedarse dentro del Banco. Todos y cada uno de los habitantes que nos encontramos en la sala tenemos el papelito en la mano. Nadie habla, nadie chista, nadie se mueve. Somos estatuas vivientes y enumeradas. La pantalla, sin embargo, tiene otro ritmo, otro objetivo que no tiene nada que ver con anunciar a quién le toca. Me quedo mirando fijamente los letreros que se suceden frente a nuestras caras numéricas y esperanzadas. Están explicando las ventajas de abrir una cuenta a plazos fijos, de acudir al Banco Metropolitano, de preferir esos servicios. Y además, un relojito digital anuncia la hora en la esquina superior derecha de la pantalla. Todo aparece menos los numeritos consecutivos de la cola. Al cabo de un rato, una mujer se levanta de su puesto y grita “¿Alguien me explica por qué si soy el 39, en esa pantalla aparece el 1.42?”

“Porque es la hora que es, señora, son las dos menos veinte”, dice un viejito que ya ha pasado por esta moderna experiencia. “Ah, verdad”, dice la mujer, y vuelve a sentarse. Curiosamente, aunque no han empezado a “pinchar” numeritos en la pantalla y ya sabemos de memoria qué es una cuenta a plazos fijos, a las ventanillas no cesan de acercarse clientes. El Banco está funcionando, sin dudas, pero los enumerados seguimos tan estáticos como al llegar. Las operarias del Banco trabajan, hay personas que entran y salen con su problema resuelto, pero nosotros no nos movemos. Luego de media hora de sostener el numerito en la mano, ya hastiados de tanto desarrollo, varios aspirantes a usuarios bancarios comienzan a protestar. Al inicio, en voz baja y entre ellos, pero rápidamente el reclamo alcanza dimensiones cubanas. Algunos ejemplos de dicha explosividad son: “Oye, tú, el de la gorra, ¿por qué pasas a la ventanilla si llegaste después que yo?” “¿Quién sabe por qué no aparecen numeritos en esa dichosa pantalla?” “¿Quién pone orden aquí?” “¿Hasta cuándo los quince de Jacquelín?”. La gente se levanta, estruja el papelito, se jala los cabellos, se arma la de San Quintín y en eso aparece la Directora del Banco. Todos hablan a la vez, todos exigen, todos dicen que prefieren “pedir el último” como toda la vida. Resulta que inmediatamente la pantalla comienza a reflejar los puestos de la cola, con voz incluida: “43…cabina 5…extracción” dice una melodía metálica, y la situación se calma. “Pinchen, pinchen los números, carajo” dice la Directora a las operarias.

Solo entonces descubrimos el proceso. Las funcionarias de las ventanillas, en lugar de accionar la teclita de la pantalla (o sea, pinchar números consecutivos), invitaban a sus conocidos de la cola a acercarse a ellas mediante señas discretas. Las de siempre: un guiño de ojo, un dedito que expresa “Ven”, un virón de ojo que significa “Ahora”, mientras nosotros, con obediencia monjil, contemplábamos el lindo azul de la pantalla, el monto de interés que se acumula luego de 36 meses de abrir una cuenta, la graciosa manera en que cambian los minutos y toda una sarta de inutilidades digitales.

Es duro creerse el desarrollo que no se tiene, apelar a la disciplina que se perdió y confiar en el buen corazón de los establecimientos públicos. Mejor seguimos marcando, rotando y rectificando nuestros puestos en las colas. O…agregamos advertencias prácticas al avance: Quien haga trampa, se va. Quien no cumpla, será despedido. Quien burle la ley será castigado.

Solo así otro gallo cantará, y dejaremos el ritual del arroz con mango para un chiste de nuestra forma de comportarnos.

 

1 Comentario

  1. Batia Lapidus 2 años ago says:

    El eterno problema entre desarrollo y la necesidad de educar para el desarrollo. Me encanta, como siempre, tu crónica jocosa de asuntos tan importantes. Es también una manera de educar.

    Responder

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