25 septiembre, 2015 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas, Literatura Etiquetas:

Bolso de señora

Hay una técnica quirúrgica llamada “Bolso de señora”, que los cirujanos practican a diario, y aunque no me referiré a ella por razones obvias, titulo asi la estampa de hoy. Mejor sería ir directamente al tema: la cartera de las mujeres. Lo que nosotras necesitamos, además de objetos específicos, es la certeza de que nada nos faltará, de modo que cargamos con todo lo que se supone que vamos a utilizar en un momento X del día, por muy disparatado que parezca. Las dimensiones de la cartera apropiada son misteriosas y cambiantes, porque dependen del momento del día, y de la capacidad previsora de cada mujer, pero está claro que las muy pequeñas solo se utilizan en horario nocturno. No obstante, incluso para un par de horas (una salida al teatro, al cine, a un concierto, una visita breve) una mujer requiere de, al menos, la seguridad de llevar un pañuelo, un abanico, un pedazo de papel sanitario, el monedero, los documentos de identidad, el teléfono móvil, el crayón de labios, un blíster de dipironas y una lima de uñas. Es lo mínimo. Si esto parece una exageración, es que no se comprende nada.

Por la mañana, cuando la mayoría de nosotras acude a un centro laboral, llevamos no solo lo imprescindible para el desempeño de la tarea que hacemos (que ya es bastante), sino todo aquello que sabemos que requeriremos a lo largo del día. Si se suma lo que ya mencionamos como “objetos para la noche”, contamos con la siguiente lista, que representa la multiplicidad del trabajo femenino : Nylon para pan, pasteles o galletas, nylon para lechuga y cebolla, nylon para boniatos y plátanos; recetas de laxantes, ansiolíticos y anticatarrales, tarjetones para salbutamol, enalapril y convulsín; algodón, jabón, botellita de agua, un paraguas, el contrato de la vivienda, las medidas de los nuevos espejuelos del abuelo, la plantilla de los zapatos ortopédicos del niño más pequeño, el reloj de la abuela sin manilla, las despegadas chancletas de baño del marido y los recibos de las cuentas del gas, del teléfono y de la electricidad.

Está claro que una sola cartera no es suficiente para semejante carga, asi que lo normal es que andemos con dos, o tres. Las mujeres, además de trabajar “normalmente”, debemos resolver los asuntos de la casa. Pero el horario laboral no se ajusta a dicha duplicidad, de forma que en el horario de almuerzo corremos a la farmacia, en el de la merienda, vamos a la zapatería, al relojero o al banco, y nos escapamos al correo o al notario antes de la hora señalada como “salida del trabajo”, porque ni el mes completo alcanza para los trámites que debemos hacer las mujeres.

Cuando nos desplazamos a sitios distantes, ya sea a otra provincia por asuntos laborales, o a la playa en vacaciones, la cartera adquiere proporciones inimaginables. Y aunque pueda creerse que es mejor una maleta directamente, la función de nuestro bolso permanece intacta. O sea: maletines, cajas y baúles enormes no suplen la tradicionalidad de una cartera de mujer, sino que se le añaden. Porque siempre creemos que en caso de pérdida, lograremos salvar de la desgracia las cosas más imprescindibles. Además del dinero y del carnet, en esa categoría se encuentran las medicinas diarias para todos los miembros de la familia, los objetos para los posibles cambios de temperatura (abanico o fular; sombrilla o capa de agua), cepillo de dientes, pasta, peine, crayón, las fotos de los niños cuando tenían menos de 5 años, curitas y un desinfectante de manos. Hay quienes agregan aguja e hilo de coser, almohadillas sanitarias, jabón de olor y una lata de pomada china, además del juego de dominó o de parchís.

Los hombres suelen burlarse de nuestro aspecto de nómadas a punto de atravesar el desierto, pero a la llamada “hora del cuajo” acuden a nosotras, seguros de nuestra capacidad previsora. He presenciado situaciones de este tipo: En una guagua repleta de hombres que se dirigen a otra provincia por cuestiones de trabajo, suelen estar dos o tres mujeres, que son quienes garantizan la salud física y mental de todos los pasajeros, incluido el chofer. El viaje comienza con energía, todos van contándose cosas de la oficina, de la familia, se hacen chistes y burlas acerca de quienes no están presentes, hasta que llega la hora del almuerzo. Todos descienden del ómnibus, se llenan el estómago y vacían la vejiga, y comienza el otro trayecto del viaje. Aunque algunos se adormilan, lo común es que alguien (varón) se queje de dolor de cabeza, de acidez o de escozor en la garganta. Esta epidemia de malestares va pasando de un hombre a otro, lo cual carecería de importancia si no fuera porque es comentada por ellos a todo pulmón. Las mujeres sienten lo mismo, pero se lo callan, y es entonces cuando la función de enfermeras que llevamos acuñada en la frente (y garantizada en nuestras carteras) adquiere su mayor esplendor. Hilda ofrece antiácidos, Fefa regala aspirinas y la mujer de Víctor (Carmen) aporta vitamina C. Poco a poco, al estilo de un Mandrake con cofia en la cabeza, las pocas mujeres que viajan en la guagua se encargan de aliviar las múltiples molestias masculinas.

Otro fenómeno que merece ser reseñado es la división de las carteras según el trabajo “oficial” de cada mujer. De esta suerte de consigna “de cada mujer según las necesidades de los demás” surgen interesantes variables. La doctora, en su cartera personal, lleva siempre su talonario de recetas, el cuño con su registro profesional, y el aparato de medir la presión arterial. No importa si se dirige a la pizzería o a la reunión de padres en la escuela: siempre alguien aprovechará su presencia para desplegar el síndrome de “ya que”, y la doctora tomará presiones y regalará recetas como quien va por la vida ofreciendo sonrisas. La escritora añade a su rutina de objetos imprescindibles en la cartera, la novela que se está leyendo, además del cartapacio con manuscritos que debe revisar antes del día siguiente. Se le ve, en medio del tumulto de la cola del banco adonde se ha escapado en lugar de almorzar, tomando notas al dorso de la novela o leyéndose intrigantes mamotretos. La mujer dirigente carga con carpetas repletas de documentos, agendas desbordantes de papelitos señalizadores, y una blusa extra, porque se pasa el tiempo desplazándose entre reuniones, y nunca sabe cómo debe ir vestida. Las maestras soportan pesos increíbles, sus carteras parecen aulas portátiles a las que solo les falta la pizarra. Entre el paraguas y el pomito de agua, se asoman tizas, borradores, reglas y el listado de alumnos. Los ejemplos son numerosos, pero en todos los casos, existirá la misma cartera básica de la mujer corriente. Es la incómoda manía que tenemos nosotras de parecernos a las babosas. Debe ser que de tanto responsabilizarnos con montones de tareas, preferimos deambular con la casa cerca de nuestro cuerpo o colgando de un hombro, por ejemplo.

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