27 marzo, 2016 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas, Literatura Etiquetas: , , , ,

Casa de la playa

Las casas de la playa son siempre ajenas y un poco hostiles. Sin embargo, durante el rato que pernoctamos en ellas nos parecen propias, sobre todo cuando logramos descubrir dónde está la llave de paso del agua y a qué hora el gas es más potente. El instante de sentirnos realmente cómodos en una casa en la playa coincide con la hora de la partida. Sucede como en el período de exámenes: solo cuando llegamos al final del último libro de texto que nos preguntarán los profesores, estamos listos para comenzar a estudiar. Pero en un caso debemos devolver la llave de la puerta principal, y en el otro, presentarnos al examen. En ambas circunstancias sentimos el peso de una inconformidad sin argumentos. Y, en ambas, sacamos el pecho hacia afuera, levantamos la cabeza, nos enterramos las uñas en la palma de la mano derecha y nos entregamos a la voluntad de otros. Miramos con recelo tanto al vacacionista que nos sigue en la lista de la casa en la playa como al maestro inquisidor, pero comprendemos que la suerte está echada. Otro día me dedicaré al asunto de las evaluaciones. Hoy quiero hablar de esos hogares transitorios que se ubican cerca del mar, en los que, con mucha suerte, podemos dormir de vez en vez. Los hay fastuosos, con puertas de cristales, camas imperiales, refrigeradores de dos puertas y baños azulejeados en negro, y hay hogares playeros tan míseros que parecen carpas para refugiados de tsunamis. De los primeros solo he oído referencias, y a los segundos los conozco de pasada, asi que más bien hablaré de una condición intermedia.

Para que una casa sea considerada “de la playa” primero debe estar, como su nombre indica, en la playa. Aunque parezca una obviedad, insisto en su ubicación, ya que ocasionalmente hemos visto que la distancia entre el portal de cemento y la arena es casi tan grande como decir Vamos a la playa desde El Cerro. Una vez salvado este detalle, paso al número y características de los dormitorios. Carece de importancia cuántos colchones hay en la casa de la playa, cuántos closets, y cuántas gavetas, no solo porque el número de huéspedes es cambiante, sino porque nunca llega a saberse la cantidad exacta de personas que dormirá. Pero una cosa es segura: todos lo harán en el suelo. Ya sea en un cuarto, en el portal, en la sala o en alguno de los pasillos, los ocupantes de la casa, más que acostarse a dormir, se dejan caer. A determinada hora, se deslizan por las baldosas que hasta entonces sostenían sus esqueletos en otra postura, mientras sus pertenencias entran y salen de los bolsos y de las mochilas sin orden de ninguna clase. Si quiere saberse la utilidad de una maleta, basta con mirarla durante los días de una casa en la playa. Si en la ciudad respetamos cierto ordenamiento en cuanto a qué debe y qué no debe guardarse en una cartera, cuando estamos en la playa los bolsos adquieren funciones múltiples. Son botiquines, son escaparates, son libreros y son alacenas al mismo tiempo. Entre un paquete de aspirinas y un par de chancletas está, por ejemplo, la toalla, mientras que el cepillo de dientes quedó olvidado debajo de los espaguetis, los cuales, por cierto, están mojados por la sal que se derramó cuando buscábamos el desodorante. Hay quienes trasladan sus vicios a la playa, y cargan con libros, discos, juegos de mesa y crucigramas. Luego descubren que el tiempo no alcanza para voltear los dados del cubilete ni para seguir leyendo un libro tan apasionante como El 71, pero el bulto misceláneo ya está allí, presente entre los aperos de la playa.

Además del maravilloso relax que constituye bañarse en el agua del mar y dejarse acariciar por las olas, sentarse debajo de una mata de uvas caletas para no hacer absolutamente nada que no sea dejar pasar el tiempo, otra ventaja de la casa en la playa es no fajarse con los vecinos. Aunque la música que escuchen sea espantosa, aunque tengan perros que ladren toda la noche, a pesar de que armen alboroto a la hora de la comida y tengamos que cerrar las ventanas para que nuestra digestión no sea interrumpida, y consideremos que despilfarran electricidad al dejar los ventiladores encendidos a toda hora, realmente nos hacemos los suecos. Bastante tenemos ya con nuestro vecindario cotidiano, pensamos, para también intentar la observación de buenas costumbres entre quienes no nos prestarán ninguna atención. Cuando la casa de al lado se desocupa, sentimos la misma ansiedad que cuando se muda un nuevo vecino a nuestra cuadra. Ese día apenas disfrutamos de la playa, porque consideramos importante estar al tanto de qué familia tendremos que soportar a partir del momento en que un camión llegue y los nuevos inquilinos desembarquen sus pertenencias. Solo al atardecer llegamos al convencimiento de que era mejor el clan anterior, porque al menos ya sabíamos a qué atenernos.

La hostilidad de una casa en la playa está dada, en primer lugar porque sus paredes despiden olor a moho, y a los niños de la familia les provoca estornudos durante los 3 primeros días. En segunda instancia, porque siempre creemos que la gente que nos precedió era desordenada y poco dada a la limpieza, y en tercer lugar, porque dedicamos largos minutos a criticar la disposición de los dormitorios, la forma en que gotea la ducha y la incomodidad del fogón. Solo cuando llega el momento de irnos comprendemos que da igual el reguero que se deja atrás y que carece de importancia el mal funcionamiento de casi todo. Lo que vale es alejarnos de la rutina y abandonar hábitos citadinos como despertarnos a una hora en punto. Si se quiere saber cuánto resiste un pitusa sin que sea sometido al lavado feroz que le hacemos en la vida real, debe considerarse el buen estado que conservan luego de 10 días de ajetreo. En la casa de la playa asombra la ropa que no lavamos, los pisos que no baldeamos y la ropa de cama que no estiramos. Que el mundo no se caiga ante tal desafuero, que la vida, lejos de ser incivilizada resulte deliciosa durante 10 días es algo que solo puede lograrse en una casa en la playa. Algunos detalles nos recuerdan el paso transitorio por ella: jamás seleccionaríamos esa pinta de las cortinas para nuestro hogar, ni los adornos del comedor serían esos, además de que la reja de la entrada habría sido reparada como Dios manda. Que lo haga otro, pensamos con cinismo. Por último, más allá de la felicidad que proporciona estar en una casa en la playa por el mero hecho de estar en otro lugar que además es delicioso, está la cuestión no despreciable de la asombrosa salud en ese sitio. Las madres, luego de pasarnos 355 días angustiadas por el cólera, el dengue, la mala digestión de los niños, las caídas de los abuelos, el asma de la tía y la depresión existencial de los adolescentes, descubrimos que una vez fuera de la ciudad, el peligro de muerte inminente desaparece. Al conjuro de la frase ¡Vamos a una casa en la playa!, los vibriones coléricos se esconden o se vuelven saprófitos, los mosquitos huyen ante la avalancha de santanillas, las leches y los panes duran una eternidad sin fermentarse, los viejos nadan y bailan, al spray de salbutamol nadie lo necesita, y los jóvenes truecan su habitual tormento de quién soy, qué he hecho y qué se espera de mí, por las expresiones qué linda es la vida y vámonos al mar que soy feliz como una lombriz. Bien vistas las cosas y los casos de estas casas, lo único realmente reprochable es que nos arrebaten la posibilidad de visitarlas. Tal vez si aseguráramos que vamos a ser capaces de repararlas con nuestras manos, de limpiarlas y de cuidarlas, y que no vamos a quejarnos por la música de los vecinos, podríamos, quién sabe, continuar yendo a una casa en la playa. La esperanza es lo último que se pierde, ¿verdad?

 

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