20 marzo, 2016 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas, Literatura Etiquetas:

Día de los enamorados

Aunque no conozcamos la leyenda de San Valentín celebramos su día, igual que los días de las madres, de los padres, de los Santos Inocentes y el día de los Reyes Magos, entre las fechas más significativas. Sabemos el interés mercantil que perpetúa dichas celebraciones amén de su carácter religioso, pero ninguna de esas dos condiciones nos impulsa en realidad. Creo que se trata de una superstición más. Curiosamente, a pesar de nuestra formación casi siempre atea y materialista, conservamos ciertas tradiciones como tocar madera, evitar que un gato negro nos pase por delante, cerrar los paraguas dentro de la casa, no permitir que alguien observe al niño dormido, y tirar por encima del hombro izquierdo la sal que se ha derramado. Somos creyentes a nuestro modo. Podría citar otros muchos ejemplos de nuestra empecinada manera de ser devotos de sincretismos incomprensibles (no se silba bajo techo porque molesta a Elegguá, colocamos azabaches en la ropa del bebé, no le contamos a nadie el viaje que planeamos so pena de que fracase, asistimos a la procesión de la Santa Patrona de Cuba como si fuera por casualidad, y nos persignamos cuando pasa un carro fúnebre), pero sería abusar de confesiones. En el caso que nos ocupa: el día de San Valentín, mucho hay de superstición y muy poco de interés por preservar una leyenda. Siempre pensamos que es la última vez que nos dejamos embaucar, pero repetimos año tras año la celebración del amor. Por muy cursi que parezca (y lo es), guardamos un par de medias, un pomo de perfume o una corbata desde el momento en que alguien recuerda que se acerca el 14 de febrero. Las parejas más avanzadas en cuestiones estéticas, o aquellas que pertenecen a la llamada vanguardia artística, intentan pasar de largo. Se considera de mal gusto, incluso una concesión, caer en la trampa de una festividad impuesta. Pero al final del día, buscan un pretexto para salir a brindar. Y resulta que se tropiezan con otras parejas que tuvieron la misma idea. Festejan la redición de las Obras Completas de Engels, la exposición fotográfica del más reciente Premio Nacional de Artes Plásticas, o la nueva versión de la película Rashomon, pero jamás mencionan al cura romano llamado Valentín que se opuso al decreto antimatrimonial de Claudio III, decisión esta que le costó la vida. El hecho de que omitan la evocación a quien fuera evangelizado por el Papa Gelasio carece de importancia, ya que también el resto de las parejas que celebran el 14 de febrero, están concentradas en sus regalos, y no en el motivo por el cual se designó esa fecha “del amor” en el año 496 A.D. Creemos que algo irá mal si ese día no intercambiamos, al menos, el frasco más barato de agua de violetas, o una de esas postalitas con leyendas preconcebidas que dicen “eres especial”. No es de halagar que justo ese mismo día ocurriera una matanza en Chicago, ordenada por el terrible Al Capone, a resultas de la cual murieron 7 miembros de la familia Moran, rival del famoso capo. Es de suponer que el ejecutor de dicha masacre, conocido como Jack Machine Gun, o era soltero, o para la fecha de marras decidió ahorrarse una cena bajo la luz de la luna. Y de paso, ahorrársela a otras siete personas. Sea por el sacrificio de un cura romano, o por la bestialidad de un mafioso, la mitad de febrero obliga a un regalo impostergable. Que se multiplica en caso de adulterio. Un conocido, llamémosle Arturo, mantiene desde hace 10 años relaciones sentimentales con dos mujeres, quienes a su vez, crían a hijos concebidos a partes iguales con él. Curiosa por saber cómo lograba estar en dos restoranes, teatros o cabarets a la misma hora del mismo día, le pregunté el secreto de su ubicuidad. Fácil, me contestó. Me ofrezco voluntariamente a hacer guardia nocturna los 14 de febrero. ¿Y en Navidad? quise saber. Igual, contestó. Yo soy Vanguardia Nacional, porque cubro el horario de la noche en mi fábrica todos los 24 y 31 de diciembre, los días de los enamorados, todos los días de las madres, de los padres y todos los 6 de enero, además de que repito la misma consagración cuando cumplo años. ¿No te parece que soy ejemplar? , me dijo. Del sacrificio laboral de Arturo me quedaron muchas dudas, pero de su habilidad para ahorrarse dinero y descubrimientos escandalosos, ninguna. Ignoro si quienes me leen tienen más suerte que yo, que nunca encuentro sitio disponible en ningún centro nocturno de la ciudad el día de San Valentín. Será porque me molesta participar de una maniobra puramente mercantil y al mismo tiempo creo que algo malo pasará entre mi pareja y yo si no lo hacemos, o si porque me demoro mucho envolviendo sin papel adecuado el regalo correspondiente, o quizás debido a que mi esposo opina que celebrar el amor es tan ridículo como negarlo, y también se retrasa a la hora de salir, lo cierto es que siempre encontramos las calles, muros, parques, restoranes y teatros repletos de enamorados. Y siempre terminamos la fiesta de igual modo: luego de vestirnos, perfumarnos, y decirnos que el próximo año iremos a un lugar especial, corremos para casa, a ver el Canal de la Televisión que ofrece el reportaje sobre la vida de los leones marinos. El amor no tiene día, susurramos. Y nos hacemos los sorprendidos cuando nos pasamos de mano en mano una corbata parecida a la del año anterior, y el mismo pomo de colonia de la otra vez, cuya etiqueta dice que es de Jazmín, aunque huela a Fresa salvaje.

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