20 marzo, 2016 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Estampas, Literatura Etiquetas: ,

Los tratos

Desde antes de 1959, y ciertamente desde mucho antes de los fatídicos 90 (podría decirse que de toda la vida), los cubanos hemos sido famosos por nuestra amabilidad hacia los extranjeros. Hago esta salvedad, porque muchos creen que determinados aspectos de nuestro carácter se deben a circunstancias específicas que, aunque indiscutiblemente modifican y remueven los cimientos de la sociedad, no instauran ancestrales costumbres. En este caso, la gentileza hacia los visitantes foráneos. He escuchado anécdotas que se refieren a lo opuesto, en otros países que anuncian “primero nosotros y luego los demás”, donde algunos latinoamericanos solemos ser considerados verdaderas plagas de la humanidad, entre las que se destacan los cubanos. Decir Vengo de Cuba es, según quien nos mire, algo muy bueno o una maldición. Los nombres de esos países me los reservo. Porque como buena cubana que soy, no deschavo de nadie, mucho menos de un pueblo distinto al nuestro. Lo cierto es que podemos maltratarnos entre nosotros (de hecho, ese maltrato es más común de lo que esperamos y merecemos), pero en cuanto vemos un extranjero, nos suavizamos y mostramos lo mejorcito de nosotros. No importa si el visitante es un muerto de hambre que anda con pantalones zurcidos. O si la blanquísima turista tiene hedor debajo de los brazos. Aunque parezcan hurones peludos, malolientes y siempre medio en “nota”, no son de aquí, y debemos ser gentiles. Existen dos formas de halagar a un turista: mostrándole la parte más linda de la ciudad, o haciéndole ver lo mal que vivimos. Cualquiera de las dos variantes lo impresionará. Yo me apunto a la primera. El recorrido por la Habana Vieja me tiene hasta el último de mis pensamientos adheridos al cráneo, pero yo, firme, lo hago con disciplina jesuita cuando me visita alguna amistad “de afuera”. Hube de aprenderme ciertos datos históricos para que no se notara mi ignorancia, pero ya sé las preguntas que se originan en los paseos, y recito las respuestas como si estuviera frente a mi maestra de 3er grado. Debemos darle gracias a Eusebio Leal, mandarles flores y muchos besitos cada vez que un extranjero anuncia que viene a La Habana. Porque si no fuera por sus gestiones, tendríamos que ir a la playa con la visita a cuestas, aunque sea febrero o agosto. Dos meses en los cuales por distintas razones, es imposible disfrutar del mar. En febrero porque chifla el mono. Y en agosto porque la playa parece una sopa hirviente con demasiados fideos. El tema la playa cubana será abordado en futuras entregas, asi que continúo con el de los tratos. Con dolor, debo reconocer que asi como somos campeones mundiales en boxeo, en Medicina, en el invento cotidiano y en la ayuda a otros pueblos, somos los monarcas del mal servicio. Sin importar el sitio, la calidad de la comida, ni el tipo de dinero que pagamos, los camareros nos tratan mal. Demoran el mismo tiempo de una paella para traernos dos croquetas. Los refrescos y las cervezas siempre están calientes en verano y jamás la oferta que se anuncia en la carta del restorán o de la cafetería existe en su totalidad. Por eso siempre preguntamos sin dirigirle ni una mirada de soslayo al menú: ¿qué es lo que hay? Porque no es justo para nuestros maltratados estómagos que luego de haber empezado a segregar enzimas porque hemos leído como la sugerencia del día Cordero estofado, nos digan que lo que hay es tortilla sin pan. Me fascina ver en películas y seriales extranjeros las reuniones o citas que se dan en los restoranes. Son excusas para no invitarse a las casas. Y para que el tema a tratar sea resuelto en breves instantes. En Cuba, el tiempo se detiene en un sitio gastronómico. En cuanto nos sentamos a la mesa, ya hemos sido trasladados a otra dimensión galáctica, donde un minuto es una hora, una hora es medio día, y cuarenta minutos parece la eternidad. Si pedimos pollo, tenemos la impresión de que el camarero se quitará el delantal, vestirá ropa de granja, esperará un transporte barato para irse a una cooperativa avícola donde podrá caerle atrás a una gallina atravesando montones de fango y de estiércol. Ya con el ave en sus manos, toca el turno de desguasarla. Luego de quitarle las plumas, el camarero tendrá que hacer el recorrido inverso. Llegar de nuevo al restorán, cambiarse de ropa y poner a hervir la presa. Pero en eso, se va el gas en todo el Municipio. Cerca de las 3 de la tarde, cuando ya somos capaces de devorar un mamut crudo, se nos acerca muy apenado para comunicarnos que no hay forma de cocinar nuestro pedido. Pero que le quedan bocaditos de queso de dos semanas atrás. En esas esperas infinitas, o los matrimonios se afianzan para toda la vida con la complicidad de haber sobrevivido a un accidente de avión, o se confiesan los adulterios y salen disparados por la puerta odiándose para siempre. Si se pretendía cerrar algún negocio, las partes implicadas terminan toqueteándose por debajo del mantel. Si por casualidad hemos invitado a algún adolescente, para hablarle en un ambiente sosegado acerca de la inconveniencia de la novia más reciente (que siempre nos parece una hippie aprovechada), la cosa termina mucho peor. Nunca más me invites a nada, nos dice, y Yumisleydis es el amor de mi vida, ¿me oyes?
Pero nosotros no escuchamos más que a nuestros intestinos, ya en la mitad de una sinfonía enzimática. Si no fuera porque el camarero tiene la edad de nuestros hijos lo estrangularíamos allí mismo. Para colmo, un pianista con cara de Nixon y con chancletas porque le duelen los juanetes, no ha parado de tocar Longina desde que el camarero se cambiara de ropa por primera vez. Además de que desafina, tiene encima del piano una copa transparente con un peso dentro para que entendamos lo que significa. La semiótica del lugar es más que evidente. Pero en vez de pagarle, lo que sentimos es deseos de rajarle la copa en medio de su nariz nixoniana. Menos mal que tiene la edad de nuestro abuelo, y le perdonamos las chancletas. Cuando vamos a salir ya, con la misma hambre del inicio, pero menos dinero en la cartera, toca el turno a la captura de un taxi. Como en el caso del menú, no decimos lo que queremos, sino que humildemente, casi en forma de súplica, susurramos ¿me puede llevar al malecón? O si no, papacito, ¿para dónde tú vas? Ese gesto tan chic de sentarse en un taxi y ordenar con firmeza ¡al aeropuerto! solo es posible en las películas y en los seriales que no son cubanos. Este debe ser el único sitio del planeta donde quien va a pagar pregunta con el mismo miedo de quien va a entrar al quirófano, si puede ser llevado. Todo esto, sin embargo, cambia cuando de un extranjero se trata. No sé bien las razones de estos cambios, además de nuestra devoción hacia quienes se atreven a visitarnos. Los pollos están listos, las cervezas frías, el músico es bonito como Brad Pitt y toca el piano como Bola de Nieve. Y afuera del restorán, un carro de época espera. Es una pena cuando los turistas se ven acosados por la calle. Esos jineteros o jineteras que se les acercan, esos niños y esas mujeres que piden limosnas, muchas veces dan la impresión de estar faltando a la escuela, al taller, o a la fábrica. Es un asunto doloroso en el cual no voy a adentrarme porque no dispongo de datos ni de razones suficientes. Los taxistas y los arrendatarios de viviendas se encargan de ofrecer el punto de vista que más le conviene al extranjero. Si, por ejemplo, se trata de un austríaco con un pullover del Che, o de un boliviano que tararea la Internacional, debe decírsele que la construcción del socialismo es nuestra meta primordial. Pero si el turista comienza a hacer preguntas sobre el salario medio en Cuba, o las condiciones en que viven los internacionalistas veteranos, ahí mismo se le hace la consabida historia del tabaco. En ocasiones nos mezclamos extranjeros y cubanos en un mismo sitio. Somos anfitriones, y temblamos al entrar con ellos en una cafetería. Vamos todo el camino rezando que todo salga bien, aunque sea por única vez en la vida. A esa hora nos acordamos de la Santa Patrona de Cuba, para que no nos abandone. Los camareros se desconciertan por algunos momentos. Los pobres, no saben qué hacer. Porque no tienen pollos listos para los turistas pero deben sacarlos de abajo de la manga, al estilo de Mandrake. Lo más curioso de todo, lo verdaderamente paradójico es que los cubanos somos casi los únicos clientes que dejan propinas. Ni los coreanos ni los japoneses ni los alemanes tienen esa costumbre. Y entonces, cuando nuestro amigo paga la cuenta y ya está en retirada, decimos que vamos al baño. Para que no nos vea dejando en el platico 25 centavos. Y de ser posible, un peso en la copa de Brad Pitt. Luego, cuando visitamos ciertos países, nos tratan como a perros con sombrero, pero no nos importa mucho. Es tan ágil el servicio de afuera, que nos quedamos con la boca abierta. Y también dejamos propina, aunque sea la calderilla con que salimos de Cuba.

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