15 julio, 2016 0 Comentarios AUTOR: Laidi CATEGORÍAS: Sin categoría Etiquetas: , , , , ,

Los hombres de

Hace unos días, en un espectáculo humorístico, escuché que cuando un hombre negro se llama José, no recibe el apelativo de Cheo ni de Pepe, como sí sucede en el caso de un José blanco. En lugar de decirle Pepito, suele nombrarse al negro por su profesión, además de señalar su raza: se dice “José, el negrito mecánico”, o “José, el carpintero negro”. Me sorprendió esta forma de discriminación en la que antes no había reparado. El humorista no es blanco (nadie lo es por entero, pero se entiende que me refiero a esa mezcla donde predomina el tono de piel más oscuro), y está pendiente de frases, gestos, muecas, de todo el lenguaje lineal y extraverbal que acompaña a las formas de referirse a lo que ahora se conoce como afrocubano. Solo almas muy elevadas perciben la discriminación de la que no son objeto. Por lo general, eso mismo nos sucede a las mujeres, y supongo que a otros grupos sociales que no son los predominantes, o sea, los otros. Los zurdos, por ejemplo, deben percatarse de la incómoda distribución de los aditamentos para escribir, los muy bajos de talla física deben quejarse de la altura de los lavamanos, y en fin, el listado es grande, como grande es la diversidad humana, y más grande aun el carácter despiadado del comportamiento humano. Nosotras, las mujeres, somos muy sensibles. No solo porque así debemos ser, ya que nos comparan con las rosas, con las estrellas, con la fragancia de las violetas y la delicadeza de una mariposa, sino porque hemos sido relegadas a un segundo plano desde que el primer hombre decidió que debíamos quedarnos dentro de la cueva. Antes de despertar el resquemor de lectores masculinos, que ya deben decir “Ay, de nuevo sale esta con su cantaleta feminista”, advierto que hoy solo me referiré a la manera que escogemos para nombrar ciertas cosas, y a ciertas personas.

Las referencias para encontrar una dirección, por ejemplo, difieren mucho en cuanto al sexo u orientación sexual de quien las ofrece. Un hombre dice: “Te espero a doscientos metros de la gasolinera”. Y una mujer, en cambio, precisa detalles como “Nos vemos debajo del balcón que tiene una maceta con geranios”; o “Estaré en la esquina del Círculo Infantil Amiguitos del Mañana, el que tiene el frente pintado de amarillo pollito”. Entre estos dos extremos, claro está, existen variantes, porque puede darse el caso de que sea un diseñador quien nos dé cita a doscientos metros de una gasolinera y entonces añada: “…cuyo letrero es lumínico, con un sol pintado de color ocre”, o una dama sea menos explícita: “Nos vemos donde siempre”, pero en sentido general, estas diferencias son apreciables. A esos objetos indefinibles que los hombres llaman “tarecos”, nosotras nombramos como “la cosita azul que quedó del cepillero”; para no hablar de los artículos de aseo personal. Si nosotras decimos: “Necesito champú con suavizante del tipo sin sal, y que contenga silicona para las puntas”, los hombres se limitan al vocablo champú. No entienden nada del mundo de productos cosméticos, lo cual es paradójico, porque bien que notan cuando una mujer está maquillada. A veces, porque también conozco casos de matrimonios de muchos años, cuya pareja masculina ignora el tinte de pelo que su esposa utiliza después del tercer parto. Si acaso, mencionan el tono del pelo de su compañera como si fuera el mismo de la puerta del baño: “Te queda bien ese caoba”, dicen cuando ella reclama atención. Mi amigo Víctor, sin ir muy lejos, el otro día le elogió a su esposa lo que él creía era un vestido nuevo. Carmen, sin inmutarse (está acostumbrada, la pobre) le dijo “Lo estoy usando desde 5 años”. Mi amiga Hilda fue hace poco a arreglarse las uñas, y como Emilio no parecía haberse fijado en el nuevo look, ella colocó su mano derecha junto a la cara, sonrió ampliamente y le preguntó a su esposo “¿No notas nada?”. La respuesta que recibió la dejó de piedra: “Sí..que te falta una muela”.

En cuanto a las forma de nombrar personas, también hay curiosas diferencias. Nosotras aprendemos enseguida cómo se llaman las otras mujeres, pero reservamos para los hombres el oficio que desempeñan, y ellos hacen exactamente lo contrario. Si decimos “Voy a casa de Mariarosa”, es porque necesitamos una panetela, y Mariarosa es dulcera. Pero al inspector de Higiene lo señalamos como “El hombre de los mosquitos”. Así, nuestra colección de oficiantes masculinos es tan amplia como el listado de mujeres que conocemos. Ejemplos: Leticia, Antonia y Eugenia son, respectivamente, tendera, manicure y periodista, pero le decimos los nombres, en contraste con “El hombre de las planillas”, “El hombre de la cara” y “El hombre del queso”, que ni sabemos cómo se llaman. Nuestros amigos, nuestros hijos y nuestras parejas, sin embargo, dicen “Hoy vino a verte la fulana esa que arregla las manos” o “Te manda saludos la tipa que trabaja en La Puntilla”, o “La chismosa del periódico pasó por aquí”, mientras saben de memoria que Arnaldo llena los documentos para la ONAT, Rafael sabe depilar el bigote y Julio vende queso blanco. El hecho de que utilicen términos como “tipa” “fulana” y “chismosa”, ya es, de por sí, bastante despectivo. Pero nuestro hábito de suspicacia es tan grande, que si de repente nuestro marido dice “Te llamó Antonia” en lugar de “La que arregla uñas” nos ponemos en guardia, como sucede con ellos mismos. “¿Y cómo tú sabes que el mecánico de la cocina se llama Ambrosio..eh?”, preguntan si se nos ocurre memorizar un nombre que no sea femenino. En fin, que empecé por el Cheo blanco, y miren adónde he llegado. Los no blancos, como los no masculinos, tenemos una visión especial, una especie de detector para la discriminación, aunque lo digamos así, entre risas, como quien no quiere la cosa.

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