En tiempos en los que se decide otorgar premios a creadores que rozan el concepto tradicional por el cual reciben la distinción, bien pudiera alzarse el cubano Eduardo del Llano con el Premio Nacional del Humor. Su ya larga trayectoria como realizador de materiales audiovisuales (que engloba cortos, largometrajes, guiones, etc.) y, sobre todo, su prolífica carrera de escritor (y de paso, director del importante grupo escénico Nos y otros), justificarían tal decisión, aunque no sea un cómico en el sentido estrecho. Es su obra (en cualquier formato) un empeño loable por realzar el sentido humorístico de la vida de manera general, y el de nuestro país, ya en un margen más concreto.